An Essay of Mine On God and Horrendous Suffering
Hace 6 horas
El Jefe de Estado venezolano dirige un mensaje a Ratzinger expresando su desaprobación ante sus palabras de que la Iglesia Católica simplemente hizo una "evagelización pacífica" en la invasión a América.



La Inquisición nunca fue abolida. Como la guerra, la inseguridad o el miedo, la hemos interiorizado e incorporado a nuestra propia existencia, considerando normal e incluso legítima su aspiración a perpetuarse. Nunca fue abolida, porque no es su función animar una pueril escenografía de la tortura. Por el contrario, sus afilados instrumentos quirúrgicos apenas apuntan a la víscera o al órgano. Más allá, o más acá de ello, son utilizados para diseccionar ideas, comportamientos y actitudes. Para separar la pureza de los dogmas de la impureza de los seres humanos y de su materialidad. Todo queda así justificado. Los medios no importan, si el fin es la universalización totalitaria de la neurosis religiosa. Para los mercenarios de la geometría moral o del sagrado orden impoluto, el derecho y la razón representan a la barbarie y al libertinaje. Odian al nihilismo, pero adoran a la nada. Dicen defender la vida, y solo aspiran a la muerte. La diversidad les asusta. Lo distinto, lo autónomo, lo ajeno a su estrecho marco de valores, lo que no se integra en la corriente de sus deseos, merece anatema, infierno y condena. Por supuesto, categorías éstas tan imaginarias como los ángeles, los santos y los grandes Espíritus rectores a quienes suplican. O tan sumamente improbables como ese limbo que ha desaparecido y ese infierno que ha resucitado, dos de los recientes malabarismos teológicos de Benedictus PP.
La sabiduría de los teólogos se basa principalmente en la ignorancia de los demás. Hace bastantes años, una Universidad española proclamaba con orgullo: “lejos de nosotros la nefasta costumbre de pensar”. Tomás de Aquino, a quien apodaban el buey tonto, aseguraba que “el afán de conocimiento es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios”.
Diariamente, el papel de las religiones y su voluntad de influir en nuestras vidas y contra las reformas sociales sigue un proceso aparentemente imparable. Ya lo declarábamos hace años en nuestro manifiesto: o ateísmo o barbarie. Barbarie a la que asistimos a través de los escándalos de la Iglesia, de su ímpetu regulador y normativo, del adoctrinamiento mediante la violencia, de sus estrategias, sus fórmulas de ataque y su defensa moral. Barbarie que comparten todas las ideologías basadas en la fe, y que establecen una rígida diferencia entre “el bien y el mal”, entre lo “puro” y lo “impuro”.
El Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobó el pasado viernes una resolución propuesta por países islámicos para exigir la prohibición mundial de la difamación pública sobre las creencias religiosas. Ésta, como ha afirmado la ONG Human Rights Watch, puede poner seriamente en peligro el derecho a la libertad de expresión, al ubicarla bajo la losa de los conceptos morales y doctrinales y del “respeto” a las religiones. Un triunfo no sólo de los hijos de Mahoma, sino de todas las estructuras teocráticas que representan un desafío constante al laicismo y a las libertades individuales. El error de base: la consideración de las comunidades y de los colectivos como sujetos de derecho. Las consecuencias: un recrudecimiento de las ofensivas oscurantistas contra la blasfemia y una legitimación para las aspiraciones católicas en sus intentos por manipular y someter a la ciudadanía.


Vídeo-presentación del I Concilio Ateo organizado por la Federación Internacional de Ateos (FIdA), del 7 al 9 de diciembre de 2007 (12:43).