2.7.07

Colaborando con el "Mal"

El general Antonio Cañizares, flamante Doctor Honoris Causa por la Universidad CEU Cardenal Herrera, se ha destacado esta semana por sus maniqueas convicciones, a las que debe el estilo de predicador agustino que le caracteriza. Los centros religiosos que impartan la asignatura infame estarán del lado de las tinieblas y “colaborarán con el Mal”. Su colega Rouco, más pragmático, ha advertido sobre la inconstitucionalidad de la EpC, calificándola de “éticamente inaceptable”. Por su parte, el visionario García-Gascó ha emitido unas metafísicas declaraciones que no tienen precio. Existen, según él, “signos claros en nuestro país de un movimiento de laicismo radical, que pretende silenciar todas las manifestaciones religiosas. El laicismo radical acaba desembocando en una pseudo-religión, que necesita fabricar su propia moralidad y un sistema de creencias sin Dios. Se trata de una religión atea”.

Bingo, señor Arzobispo. Ha acertado usted. Y ahora que sabe que los ateos y los laicistas somos una pandilla de miserables demonios gays, de sacerdotes de la contra-tradición en busca de adueñarse del mundo para implantar la dictadura de una dogmática infernal y de una moral inaceptable, ya puede acompañar a su socio Cañizares y venir a rociarnos con hectólitros de agua bendita, en una ceremonia exorcista neobarroca digna de su sangriento martirologio. El Bien y el Mal… ¡como categorías ontológicas! ¿Suponía Vd. que Voltaire no había muerto? Pues échele un vistazo al catálogo de las últimas declaraciones de estos showmen de la Conferencia Episcopal.

Si no se atendiera a la gravedad de tales actitudes, si se limitaran a ser un espectáculo circense inocuo, para el que seguramente no faltaría demanda de entradas, tendríamos poco que objetar. El campo dialéctico de fondo se reduciría a la pareja de contrarios “razón” y “superstición”, y simplemente nos encontraríamos ante el absurdo que cimienta las mitologías religiosas dominantes. Pero el fundamentalismo no tiene fronteras. Responde a la obsesión por abrir nuevas fórmulas de presión política, y busca siempre ocupar espacios vírgenes, aptos para llevar a cabo su misión metahistórica.

Hay un enfrentamiento claro entre el dogmatismo religioso y las energías liberadoras de la ciudadanía. Y, para éstas, la expansividad de los totalitarismos supone tanto una amenaza como un desafío, dada la situación de peligro en la que se ponen los derechos, alcanzados y por alcanzar. Reactualizar el pensamiento y los valores ilustrados, fomentar la reflexión pública y desenmascarar la basura que inunda el patio integrista son labores cada día más necesarias para el movimiento ateo, si es que pretende afianzarse como un proyecto social convincente. Un desafío supone tanto la existencia de una amenaza real como la necesidad de encontrar herramientas que obstaculicen su deriva. Un desafío parte siempre de una actitud valiente, erguida. Mide sus fuerzas, analiza sus posibilidades, describe al enemigo, le conoce y busca instrumentos de defensa y ataque. Un desafío implica una tensión, pero también una búsqueda de alternativas.

El desafío es evidente. Ateísmo o barbarie

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